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Con Victor Montoya
La opresion de la mujer


En la sociedad primitiva, donde no existía la propiedad privada sino un control colectivo sobre los medios de producción y reproducción de la especie, la mujer no era explotada ni dentro ni fuera del hogar; realidad que contradice la teoría burguesa de que la mujer haya sido oprimida desde mucho antes de irrumpir en la historia la sociedad dividida en clases.

Cierto es que la mujer en el pasado, como en el presente, cumplía diferentes funciones biológicas que el hombre, pero esto no le impedía ser la principal productora y regidora de la comunidad primitiva. Según la antropología social, los rasgos que la diferencian de los hombres se han desarrollado con el transcurso del tiempo, desde cuando tuvo que garantizar su función reproductiva como hembra.

Al evolucionar la sociedad, se profundizaron también las diferencias biológicas; las cuales, en un principio, dieron origen a la división primitiva del trabajo, sobre cuyas bases se estructuró la sociedad clasista, una vez establecida la propiedad privada y el Estado.

Si en la comunidad primitiva compartían indiscriminadamente hombres y mujeres lo producido de manera colectiva, entonces es erróneo considerar que la opresión femenina y la dominación masculina obedezcan a factores congénitos, “naturales”, y no al lugar que se las asignó en la vida social, donde las relaciones humanas se han desarrollado conforme a las relaciones de producción. Asimismo, los antievolucionistas siguen sosteniendo la tesis de que la mujer es un ser dependiente por “naturaleza”, y que las diferencias sociales siempre existieron y existirán, porque corresponden al “orden natural de las cosas”.

Desde un principio, la función biológica de la mujer fue convertida en un destino inexorable, que trasciende cualquier otro aspecto de su personalidad. La maternidad, por ejemplo, ha copado la identidad de la mujer en el mundo circunscrito al ámbito doméstico, y la maternidad la postergó inevitablemente de cualquier anhelo, oficio o carrera que hubiese podido desarrollar. En nombre de la maternidad se le negaron las oportunidades educativas, laborales, políticas y culturales. Las mujeres, que son valoradas y respetadas como madres, han aprendido a sublimar sus renuncias realizándose a través de sus hijos, como si éstos constituyeran el único objetivo de sus vidas.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer sostuvo la reaccionaria concepción de que la mujer no estaba destinada a las empresas grandes. “Su característica no es obrar –decía–, sino sufrir. Paga la deuda a la vida con los dolores del parto, con los cuidados de la infancia y con la sumisión al hombre”. Toda su identidad y realización están ligadas a su noble función como esposa, madre y “ama de casa”. La mujer, desde que nace hasta que se casa, está destinada a ser una “niña grande”, un ser intermedio entre el niño y el hombre, que es el único ser completo según los cánones de la tradición patriarcal.

El fatalismo biológico –basado en la teoría de la inferioridad de la mujer–, tan común en el pasado, sigue vigente en nuestros días, pues independientemente de que la mujer siga siendo, en esta etapa, el eje fundamental de la reproducción familiar y de la crianza de los niños, todavía pesan sobre ella, implacablemente, las tareas del hogar y la discriminación laboral; más todavía, el grado de desarrollo de nuestra sociedad impone este sobreesfuerzo de la mujer, quien no sólo es explotada sino sobreexplotada. Explota con salarios más bajos y explotada en el hogar.

¿Qué hacer para resolver esta situación? No queda otra alternativa que crear un aparato productivo cuya racionalidad no sea la ganancia individual sino colectiva, y que permita a hombres y mujeres realizarse socialmente como seres humanos; en otras palabras, la verdadera emancipación de la mujer y la verdadera justicia social no serán posibles sino cuando la pequeña economía doméstica se transforme en una gran economía colectiva.

A pesar de estas explicaciones, las “feministas” parten del concepto ideológico de que el enemigo principal de la mujer es el hombre y no el sistema social, y para justificar esta tesis aluden a los “machistas”, a quienes acusan de haber sido los forjadores de la sociedad patriarcal sobre la base de una desigualdad sexista. Según las “feministas”, todos los hombres, y en todos los niveles sociales, han contribuido decisivamente en el desarrollo y la difusión de la ideología patriarcal. Declaran que jamás habrán píldoras anticonceptivas ni revoluciones que logren abolir las diferencias biológicas, que son “inherentes a la naturaleza”; por cuanto el único camino que les queda a las mujeres es rebelarse contra los hombres y arrebatarles su posición de mando, sin preocuparse por transformar las estructuras socioeconómicas del sistema imperante.

Para las “feministas”, la mujer está oprimida por el hombre, y no porque la clase dominante haya institucionalizado las desigualdades biológicas y mantenga el estatus quo de las mujeres para salvaguardar sus intereses. Para los marxistas, en cambio, la historia de la opresión de la mujer es la historia de la lucha de clases, pues conforme aparece en los clanes primitivos la división del trabajo y la propiedad privada, aparece también la explotación de la mujer, quien es convertida en máquina reproductora de hijos y en fuerza de trabajo no remunerado.

Con todo, los movimientos revolucionarios coinciden en señalar que la emancipación de las mujeres será obra de ellas mismas, aliadas a la clase trabajadora que, en su programa de reivindicaciones, incluye no sólo la lucha contra la discriminación de la mujer –dentro y fuera del hogar–, sino también su participación en todos los planos de la vida social en igualdad de condiciones con el hombre.


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PORTADA
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Los cuentos del boliviano Víctor Montoya, ex preso político y exiliado en Suecia, no escapan de su propia aventura. Historias que van desde la caída de Atahuallpa y el Che, pasan por las leyendas orales que emanan de las minas sudamericanas, la represión y tortura a grupos o miembros de la guerrilla, hasta las de un extranjero descubridor de nuevos mundos.

Damos la bienvenida a este escritor que, desde el inicio de nuestra revista, nos ha permitido contarle como a uno de nuestros distinguidos colaboradores.

http://www.letras.s5.com/
vm250204.htm

La palliri*




Cuentan que el Tío se enamoró de la Palliri más hermosa del campamento minero. Respondía al nombre de Soledad Chungara; tenía las trenzas largas y la piel más blanca que la porcelana china, y aunque a veces parecía una monja, mantilla blanca en la cabeza y pollera negra que le daba más abajo de las rodillas, era tenida por mujer de mala vida. Los mineros no se atrevían a mirarla a los ojos, porque decían que su desgracia estaba escondida en su belleza.

En realidad, nadie sabía de dónde venía. No tenía hijos ni marido, pero trabajaba como Palliri en los desmontes, triturando y rescatando, martillo en mano, los trozos de roca mineralizada que la empresa acumulaba como reserva a un lado del campamento minero. Después ingresó a trabajar en el interior de la mina, donde el Tío, apenas la vio entre la luz de las lámparas que parecían luciérnagas, encendiéndose y apagándose en la galería, se quedó prendido de la Palliri, quien, a pesar de vestir como todos los mineros, tenía el busto abultado, las caderas anchas y la cabellera recogida en trenzas.

El Tío se levantó de su trono y, calculando el tamaño de sus nalgas, que de no estar en el cuerpo de una mujer podían ser las ancas de una mula, le habló en un idioma que sólo entendían los mineros más antiguos. La Palliri no dijo nada ni se asustó por la presencia del Tío, cuya imagen demoníaca era la más horrible que jamás haya visto. El Tío volvió a sentarse en su trono y la Palliri se sentó sobre el callapo, a la espera de que los demás abandonaran la galería. Cuando la Palliri se quedó sola con el Tío, ésta le ofreció un puñado de hojas de coca y un sorbo de aguardiente. Le puso el k'uyuna en la boca y encendió el tabaco iluminando el rostro de ambos. Entonces se miraron de cerca, muy de cerca, como si fuesen la Bella y la Bestia. El Tío le acarició los senos con una mano que tenía garras como la de los demonios y la Palliri se limitó a cruzar las piernas.

No se hablaron, hasta que él rompió el silencio y dijo:

-Eres la primera hembra que entra en la mina disfrazada de macho.

Ella permaneció callada. Alumbró al Tío con la lámpara enganchada en el guardatojo y contestó:

-Aquí estoy porque quiero ganar dinero antes de irme a mi pueblo.

El Tío rompió en una sonora carcajada. La miró abriendo sus ojos grandes como focos y le ofreció el mejor filón de estaño a cambio de convertirse en su dueño. La Palliri aceptó el pacto, pero a condición de que primero le enseñara la veta. El Tío cumplió con su palabra. La tomó de la mano, la condujo hasta el tope de una galería lejana y le enseñó la veta. La Palliri, maravillada, contempló el estaño que relucía como la cabeza de un enorme clavo empotrado en la roca. Agradeció a Dios y a la Pachamama, pero pensó en burlarse del Tío; primero explotaría el rajo, juntaría el dinero y después se iría del campamento minero por el mismo camino por donde había llegado.

El Tío la esperó sentado en su trono, sin llamarla ni vigilarla. Ella explotó la veta, comerció con el estaño y se convirtió en la mujer más próspera de la región. En poco tiempo se hizo ama y señora del campamento minero, y exigió el respeto de quienes antes la miraban con desprecio. Pero como la gente sabía que su riqueza era producto de un pactó con el Tío, la trataba con distancia y recelo. Además, ¿de qué le serviría tanto dinero, si había vendido su alma al diablo? Los mineros más antiguos comentaban que la Palliri nunca llegaría a ser feliz, salvo que se entregara al Tío en calidad de sierva, pues la felicidad de una mujer no estaba en las riquezas, sino en la sencillez y la dignidad de su cuerpo.

Así es como la Palliri, víctima de su baja ambición y sus encantos, se vio envuelta en una ola de desesperación y desencanto. No sabía qué hacer con el dinero ni cómo cumplir su pacto con el Tío. Estaba atormentada y su vida se trocó en una pesadilla. No volvió a entrar en la mina y se encerró en un cuarto del cual no salía más que para beber y comer.

Lo peor es que el Tío, cuya figura espeluznante se le grabó en la retina, la perseguía hasta en los sueños, en los que se veía desnuda y encadenada contra las rocas de un paraje abandonado, donde el Tío, trasluciendo furia por los ojos, la desollaba a latigazos, mientras ella le suplicaba perdón, prometiendo cumplir con la promesa de entregarle su vida. Otras veces sentía que el Tío la habitaba, pues de día soñaba con él y de noche lo sentía adentro. A la hora de copular, el Tío, que poseía cuernos, garras y colmillos, la penetraba con el fuego de su cuerpo y con el vaho de su respiración. Ella lloraba a gritos en el sueño y se retorcía como una culebra en la cama. Al despertar, empapada en sudor y lágrimas, tenía la sensación de que el Tío había estado con ella, accediendo a su interior por la concavidad húmeda que se abría entre sus piernas.

Al final, la Palliri, cansada de soportar las pesadillas tortuosas, dejó de dormir y se mantuvo despierta sobre la base de coca y alcohol, hasta que un día cargó sus pertenencias en un auto, se acomodó en el asiento libre de la cabina e intentó huir hacia una ciudad desconocida, donde el Tío no pudiera dar con ella.

Así se marchó del campamento minero, levantando nubes de polvo a lo largo de la carretera.

Ese mismo día, según relataron los policías de tránsito, la Palliri falleció en un accidente de tráfico. El auto cayó en campana hacia un barranco donde no corría el río ni soplaba el viento. El siniestro sucedió justo en la curva conocida como la Muela del Diablo, donde el Tío la sorprendió.

Al cabo de un tiempo, la Palliri, convertida en condenada, volvió a aparecer en el campamento minero. Las mujeres, al verla vagar en las noches de luna llena, la miraban con recelo y compasión; entretanto los hombres, que la tenían por mujer de mala vida, la escupían al verla rondar por la bocamina.

La Palliri, que no perdió su belleza ni la costumbre de vestirse con botas, overol y guardatojo, volvió a entrar en el interior de la mina, donde el Tío la esperaba con los brazos abiertos y la alegría en la mirada.



Glosario

Callapo: m. Tronco de árbol. Escalón de mina.
Desmonte: m. Depósito de residuos de la mina considerados estériles, pero que, en realidad, constituyen importantes reservas por contener estaño.
Guardatojo: m. Casco para protegerse la cabeza en el interior de la mina.
K'uyuna: m. Cigarrillo.
Palliri: f. Mujer que, a golpes de martillo, tritura y escoge los trozos de roca mineraliza en los desmontes.
Rajo: m. Hendidura abierta hacia arriba para extraer el mineral de la veta.