CAPITULO 12
Jueves 26 de Febrero.
19:45 P.M.
El Comisario Amunátegui se dirigió hasta la puerta. La cerró trás de sí y abandonó la masión de Hernándo de Aguirre para iniciar el principio del final de aquel homicidio.
Fue en ese instante, mientras caminaba lentamente hacia su automóvil, mientras revisaba mentalmente los detalles de sus averiguaciones, que decidió seguir la pista que más clara y precisamente le dictaba la sucesión de hechos.
---“ ¿Un crimen político? ¡No puede ser! ¿Es este un maldito crimen político? ¿Habrá más que una personalidad pública envuelta en este terrible asesinato? Pero, ¿Quién? ¿Por donde empezar?”
Guió su vehículo en dirección al Cuartel General. Bajó por Bilbao, siguió por Rancagua hasta Vicuña Mackenna y en Bustamante, dobló a la derecha. Al hacerlo, decidió llamar al Inspector Valderrama para que se reunieran en la Primera Comisaría, su oficina, a fin de intercambiar ideas sobre lo que consideró podría ser, simplemente, un crimen político.
Al rodar por Ismael Valdés Vergara, siguiendo la avenida de árboles entre el Parque Forestal y el Río Mapocho, se escuchó la voz del Inspector Valderrama en la radio, a quién le dió las instrucciones del caso.
---“ Inspector, tengo la primera pista en este crimen. Estamos frente a….una posible conspiración política, que parece habérseles ido de las manos a quienes planearon este inútil homicidio.”
Valderrama continuaba escuchando en la otra punta de la línea pero, al hacerlo, movía negativamente su cabeza cómo mostrando su desacuerdo con el investigador.
---“ Usted me vá a perdonar, mi Comisario, pero a mis oídos usted no suena tan seguro como cree estarlo. No sé, sabe. Pero, en todo caso, Jefe, ¡Si usted lo dice, así se hace!”
---“ ¡Gracias, Inspector! Tiene razón hasta cierto punto pero no tenemos mayores alternativas. Ahora que voy manejando de regreso al cuartel, se me ocurre pedirle algo urgente. Necesito que se reúna conmigo y que, mientras llego al cuartel, averigue con Carabineros si alguien le dió un parte de tránsito a una limousina negra conducida por un hombre más o menos grande, vestido de negro y llevando un par de pasajeros extraños. Es importantísimo conseguir estos datos, Valderrama…¡Cualquier cosa! Un parte por velocidad, estacionamiento, falta de una luz trasera…¡Cualquier cosa! ¿Me entiende?”
---“ ¿Donde está usted, mi Comisario? ¿Cuanto tiempo tengo para averiguarlo?”
---“ ¡Me temo que tenemos muy poco tiempo, Valderrama! ¡Dígale a Bustos que me llame altiro!” dijo y cerró la transmisión para continuar en su viaje.
Segundos más tarde, Bustos estaba en la bocina de la radio.
---“ ¡Bustos, escúcheme con cuidado! Dígale al Detective Luis Valdés, de la Primera, que sin lamentaciones ni tiempo que perder, arreste nuevamente al Car´e Palo, esté donde esté. Que lo lleve con mucho cuidado a los calabozos y, cuando lo tengan en cana, esperenme hasta que yo llegue. Es sumamente importante, porque creo que pudo haber sido uno de los tres autores del crimen contra Recabarren. Le explicaré más tarde.”
---“ ¡Altiro, Jefe!”
---“ Un momentito, Bustos. Dígale a Valdés que le informe al Sub Inspector Undurraga que se consiga unos cinco detectives, que pida el Juanito, la cooperación de Carabineros, que se vaya hasta Ricanten, arreste a la Carlota y a todos los que estén en su casa. Después, que deje a dos detectives en vigilancia hasta que procedamos al siguiente paso. ¡Ah! Que le den otros dos Carabineros para que le ayuden. Tenemos la total cooperación del Cuerpo de manera que, no será tarea difícil.”
Volvió a desconectar. Esta vez, estaba frente a la entrada principal de la Dirección General de Investigaciones.
Salió rápidamente del vehículo y, a grandes trancazos, pasando velózmente por la puerta principal, ordenó lo siguiente al Oficial de Guardia que lo miraba con extrañeza:
---“ Llámese al Prefecto VanBuren para que le diga al Director que necesito verlo de urgencia. Yo estaré en mi oficina. Vamos…¡Al tiro, Oficial!” y siguió su camino doblando a la izquierda, para entrar de sopetón hasta su escritorio, en el que se sentó, tomó el teléfono y llamó a la Brigada de Homicidios.
Minutos más tarde, en la oficina del Director Aldunate Plaza, Amunátegui le relató sus planes inmediatos y le habló sobre lo que restaba por hacerse, al día siguiente.
CAPITULO 13
En los calabozos subterraneos
De la Direccion General.
20:58 HORAS.
Amunátegui entró eufórico a su oficina de la Primera Comisaría de Santiago después de informar al Director Aldunate sobre sus más recientes investigaciónes, los planes inmediatos y las pruebas que conseguiría en unos minutos más.
Al verlo entrar tan seguro de sí mismo y con una rudeza poco corriente en el Oficial, el Detective de Guardia casi no se atrevió a dirigirle la palabra. No fue necesario.
---“ Buenas noches, Gutiérrez. Llámese a Valderrama, a Bustos y a Valdés. Los quiero en “El Bote” para dentro de quince minutos, porque vamos a interrogar, por última vez, a este maldito Car’e Palo!”
---“ ¡Como usted ordene, mi Comisario!”
Y, así fue.
Un poco más allá de los quince minutos ordenados, hicieron su apareción los tres detectives, quienes aún se encontraban en el cuartel a la espera de órdenes específicas como ésta, y, también, terminando su lista de las seis de la tarde.
Al entrar a la oficina del Comisario, vieron que no estaba en su escritorio pero el Oficial de Guardia de la Comisaria, les indicó que estaba, desde hacía algún tiempo, en la Guardia Baja de los calabozos centrales. Que lo podrían encontrar por esos lados.
---“ ¡Ah Chiquillos míos! Les sugeriría que llevaran todas las herramientas para un interrogatorio más o menos pesado. El Jefe quiere convencer al Car’e Palo que mató al Senador Recabarren y….mi amigos…¡Eso si que vá a ser fregado ¡ Buena suerte, jovencitos!”
Los tres sonrieron ante el sarcasmo nocturno del Oficial de Guardia, tomaron la maquinilla que producía baja electricidad, muy útil y bastante usada en los interrogatorios pesados, un par de cuerdas y otros utencilios necesarios para estos casos.
Amunátegui, como les habían dicho, estaba en la oficina de la Guardia de Calabozos, ubicada en la puerta posterior del edificio, dando al callejon de Los Suspiros. Se reunieron, conversaron y discutieron por unos segundos.
---“ ¿Dónde lo arrestaron?”
---“ En la Plaza de Armas, mi Comisario, cuando trataba de carterear a una viejita.”
Bajaron los peldaños de la escalera que los dirigía hasta el calabozo principal de General Mackenna.
Se llegaba a él mediante un tortuoso pasillo iluminado malamente por unas cuantas ampolletas simples colgando del techo, sin mayores miramientos. Había una gran humedad en los pasillos fríos, pelados y de cuyas murallas se resvalaba una especie de espumilla blanquizca que, al caer hasta el cemento liso, se amontonaba en el suelo. Por sus costados habían celdas menores, mayormente desocupadas, en las que esperaban algunos delincuentes sin importancia que al día siguiente debían ser trasladados a los juzgados respectivos.
---“ Sáquenme del bote a todos los que sobren y dejen sólo al Car’e Palo. ¿Entendido, Valdés? Altiro,…si me hace el favor, detective Valdés”, dijo el Comisario en una voz que retumbaba por los corredorers del inmueble con un pequeño eco.
---“ No me los ponga cerca de La Carlota ni de los otros. ¡A esos, hay que aislarlos! No nos olvidemos que el cargo de ésta gente es el de complicidad en un homicidio y éso, mis amigos, es una pena de prisión larga!”
Valderrama miró de reojo al mencionado subalterno y le guiñó un ojo como poniéndolo sobre aviso por el mal genio que, en ese momento, mostraba Amunátegui. El nombrado levantó sus hombros y ejecutó la órden.
Cerca de tres mal agestados y posibles delincuentes fueron colocados en los calabozos adyacentes al llamado “Bote”, cuyas dimensiones eran unas diez veces mayores.
---“ ¡Esta metí´a´e pata les vá ´costar caro, tiras desgraciados!” gritaba con indignación La Carlota mientras se agarraba fuertemente de los barrotes y hacía bulla con la punta de sus zapatos contra la reja.
Una inmensa puerta de hierro fue abierta por el Oficial de los Calabozos y los cuatro hombres que eran trasladados de celda a celda, ingresaron con resignación al cuarto maloliente.
En ese mismo instante, los cuatro detectives ingresaron al “Bote” para encontrarse con el contrahecho Car’e Palo en persona, semi encluquillado en una esquina obscura de la celda.
Al verlos, se levantó con aparente miedo, más bien dicho, con bastante miedo. Se le podía notar en su cara inmóvil, sin gestos identificativos. Pero ésta vez, su muestra de pánico le corría por las venas y parecia notarse en la tension de sus labios y en el tiritar de la pera.
Fue visible para los cuatro policías.
---“ ¡Valdés, amarre a este carajo y póngamelo a columpiar!” Fue la primera órden de Amunátegui.
El detective se acercó al delincuente, quién se arrimó aún más a la esquina en que lo habían encontrado. No hizo oposicion a los manejos de Valdés, quien le amarró las manos a su espalda, lo movió hasta el centro del inmenso calabozo y lo subió unos centímetros del suelo al colocar la cuerda en un gancho cerca del gran foco que, ahora, le iluminó su extraña cabeza de pocos y apermazados pelos.
---“ Recabarren era mi amigo de la infancia, hijo de la gran…”, le gritó Amunátegui sin terminar la frase.
El Car’e Palo comenzó a lloriquear como un niño. Más bien, parecía gimir clemencia.
---“ ¡Subamelo otro poco, Valdés!”
Así lo hizo el Detective.
El delincuente lanzó un pequeño grito que detuvo aprentando su labio inferior con los tres dientes frontales.
---“ ¡Inicie la interrogacion, Inspector! ¡Altiro! Bustos, prepare a Matusalem de una vez por todas!” fue la orden del Comisario.
El Car’e Palo estaba muy al tanto de quién era Matusalem. Se trataba de la famosa maquinita productora de electricidad que aplicaban en los testículos cuando el interrogatorio no producía los resultados esperados.
---“ ¡Yo no juí, Jefe!…¡Se lo juro!”
---“ Seguro que no fuiste tú, Car’e Palo. Mira como te creemos, desgraciado!” dijo Valderrama acercándose peligrosamente a los pies del hombre y colocándole un par de esposas mientras que Bustos hacía lo mismo con las manos, las que mantenía amarradas a su espalda.
---“ ¡Dímelo de nuevo, Car’e Palo!”, dijo Amunátegui.
---“ ¡Yo no juí, Jefe! Yo le pegué un par de palos no’má. El Gonzálvez lo mató di´un garrotazo en la ca´eza…Yo le pegué pero despacito….¡Se lo juro jefecito…!”
El delincuente lloraba intermitentemente.
---“ ¿Quiénes son tus comoplices? ¡Gran desgraciado!” insistió el Valdés.
---“ El cabro Lizana, jefecito. Se lo juro…palabra d’iombre!”
---“ ¿Y que pasa con el Buenaventura…!¿ah!? Acaso no es también tu cómplice?!” preguntó Amunátegui acercándose otro poco.
---“ ¡No, jefecito…ni siquiera se quién e´!”
Amunátegui miró al Inspector Valderrama y le hizo un gesto bajando la cabeza. El Suboficial se acercó al colgado Car’e Palo y de un sólo tirón le razgó la abrochadura del pantalón, rompiéndole el marrueco y bajándoselo por las piernas hasta los mismos tobillos.
El Car’e Palo lanzó un grito de horror.
---“ Cuentame la historia, desgraciado. Cuentanos de tu cómplice Buenaventura…del chofer del Senador Recabarren!” le dijo a gritos Valdés.
---“ ¡Palabra, jefecito! ¡Ni lo conozco siquiera! ¡Palabra!…Se lo juro por Diosito Santo… Que me muera altiro si no le’igo la verdá´…Jefecito por Dios. ¡No me mate por fa´ol, jefecito!….Yo no le’i hecho na’ a uste’es. Palaura. L´único que me ayudo fue el brasilero ese….ese que e´amigo de‘Oña Carlota….jefecito!”
---“ ¿Quién te pagó por el crimen, desgraciado!” , dijo Valderrama
---“ ¡No se, Jefe! La plata me la dio ún gringo amigo´e‘Oña Carlota…en Ricantén…!”
---“ ¿Un gringo?…¿Cómo se llama?…¿De dónde salió este gringo?”
---“ No sé, Jefe….Óña Carlota me´íjo que venía de Yor..no se cuanto…po allá por Esta´os Uni´os.”
Amunátegui se detuvo por unos segundos. Llamó a Valderrama para que conferenciase junto a él y Bustos, en una esquina de la celda.
---“ Creo que eso sería todo por ahora. Aquí hay algo más que una posible conspiración política o un crimen local. Aquí hay una cadena directa con más de un contrabandista, drogadicto y contrabandista de drogas desde los Estados Unidos….quizás…hasta podría estar conectada con la mafia neoyorkina. Esa es mi deducción de las declaraciones del Car´e Palo.”
---“ Inspector, que preparen una declaración escrita, que me la firme este roto y guardela en evidencia para arrestar a los cómplices. Hay que notificar a la Policía Internacional para que comunique con la policía brasilera y la norteamericana. La cosa es más grande de lo que pensabamos originalmente.”
---“ Bájelo y mójelo un poco para que se calme y no crea que hemos terminado. Necesitamos tener más detalles sobre la ubicación de los cómplices. Es imperativo que nos diga donde se encuentra Gonzálvez y Lizana. ¡Es muy importante! Hay que encontrar a este americano de que habla el Car´e Palo y para hacerlo, tenemos que carearlo con La Carlorta y todos los que estaban en la última reunión donde vieron por primera vez al gringo este”
---“ Dígale a Valdés que mañana de madrugada, se traiga a otros dos compañeros y que me lo muevan otro poco para que confiese de una vez por todas.”
Miró de frente y a los ojos del Inspector.
---“ Usted, Valderrama, prepárese para un asalto a la casa del Car’e Palo, que yo voy a planificar el ataque para mañana en la noche. Dentro de poco tengo una cita importante y mañana en la mañana voy a interrogar al Senador Arriagada.”
---“ ¡No vaya a ser cosa que este Senador esté inmiscuido en el crímen. No lo creo porque lo conozco desde hace muchos anos. Pero…¡Uno nunca sabe! Verdad?”
Los dos ayudantes asintieron con sus cabezas.
---“ Que Bustos se encargue de La Carlota. Quiero una lista completa de quienes estaban en una reunión que se efctuó en su casa, pocas horas despues del discurso del Senador recabarren, en el Senado. Creo que en esa pequeña asamblea había algo más serio que el homicidio de Recabarren…”
---“ Usted quiere decir que estamos frente a una invasión planificada de la mafia americana…o del Cartel de Drogas colombianas?”
---“ Todo eso lo vamos a saber antes de finiquitar este asesinato, Valderrama”, le contestó Amunátegui.
---“ Eso seria todo por esta noche, jovencitos. Nos vemos mañana temprano, para abrochar éste crimen.”
CAPITULO 14
Viernes 27 de Febrero.
06:45 A.M.
Entre las calles Ebro y San Sebastián, por un lado, Encomendadores y Andrés Bello, por el otro, casi a tres cuadras de le Embajada de los Estados Unidos, está la inmensa mansión que ocupa el Presidente del Congreso Nacional de Chile, el Senador Carlos Patricio Arriagada Guzmán, conocido político de larga trayectória, candidato presidencial en varias oportunidades, bonachón y muy popular.
Su personalidad tenía un gran significado para quienes le conocían. Su ferviente proteccionismo de las cuestiones nativas, su posición firme en favor de las causas populares y su definición clara de lo que debía hacerse en cualquier evento envolviendo a los intereses de su país, le habían llevado a la cima de su carrera en el campo legislativo. Su elección al cargo que hoy ocupaba, había servido como paliativo al desorden y a la anarquía entre los partidos y sus colegas.
Por todas, amén de otras razones sociales, para JC. Amunátegui era una tarea dificil tener que entrevistarlo, mejor dicho interrogarle, en cuestiones tan delicadas como el homicidio de uno de sus más distinguidos colegas.
Pensando en su mejor plan de acción, en la manera en que debía enfrentarse al problema, no se dió cuenta cuando perdió el camino a la casa con el número 1482 de la calle Ebro. Tuvo, entónces, que regresar hasta Andrés Bello y, ésta vez, tomar la curva que atraviesa Vitacura, por Isidora Goicochea, para enfrentarse a la dirección que buscaba.
Aún tenía en su cabeza la declaración del Senador Arriagada cuando le vió salir de la casa de Recabarren.
---“ Enemigo político pero amigo personal”, había dicho.
La primera parte de ésta inocente frase le daba paso a una pequeña posibilidad de motivo suficiente como para ponerlo a la cabeza de la lista de sospechosos.
---“ ¡AH! No creo que sea capáz de asesinar a un rival. Sería una estupidéz y Arriagada no es estúpido. Es como aquel individuo que mató al gerente del banco para no pagar la letra del mes”, pensó frente a la puerta de reja que le indicaba estar a la entrada de la casa.
El Sargento de Carabineros que hacía guardia junto a un cabo y a un uniformado raso, le saludó con cariño.
---“ ¡Que tal mi Comisario Amunátegui! ¿Cómo está su esposa y los cabritos?” le dijo.
JC. Amunátegui se sorprendió porque, realmente, no recordaba la cara del uniformado.
---“ Nos conocimos en un viaje suyo en el norte. ¿Se recuerda?”
---“ ¡No le puedo creer! ¿En Río Rojo? Pero… si no es ni más ni menos que….¿El Sargento Espinoza?…¡Vaya!…¡Vaya!…¡Vaya!… ¡Que chico es el mundo!”
---“ El mesmito, mi Comisario, el mesmo Ermenegildo Telésforo Espinoza…¿Cómo le que´ó el ojo?”
---“ ¿…Y qué hace por estos lados, Sargento?”
---“ Traslada´o, po´mi Comisario. Igualito qui´usted.”
---“ ¿Y el Teniente Rubina?”
---“ To´avía sigue en el norte. Anda por eso´lares ´e La Serena, cómo que de Capitán o algo por el estilo. ¿Y qué anda´ciendo por esto´lados, Jefe?”
---“ El asesinato de Recabarren, Sargento. ¿Podríamos hablar en algún sitio?”
---“ Clarín que sí, po´mi Comisario. Véngase p´a la casetita ´e guardia que allá tenímos harto espacio. ¿No quisiera tomarse un cafecito?”
---“ Pero Claro. Vamos. ¡Altiro, querido Sargento Espinoza! A lo mejor hoy día usted me salva la vida!”
---“ ¡Chis! No dig´eso, mi Comisario, sería como re´ mucho!”
Caminaron unos pasos hasta la llamada caseta, situada un poco más atrás de la reja de entrada. Allí, se sentaron en un par de sillas ubicadas trás un escritorito tan pequeño como los que hay en los colegios.
---“ Mi querido amigo, ando detrás de un delincuente extremadamente peligroso y quién, creo, tuvo parte directa en el asesinato del Senador.”
---“ ¡No le pue´o creele, mi Comisario, por la chuleta…Jefe! No me´iga que usté´crée que´l Senador Arriagada…¡No!…Agüántese un poquito…!”
---“ ¡Noooo! ¡Cómo se le ocurre? ¿De dónde sacó esa idea, Sargento Espinoza, por las reflauta?
---“ ¡No sé, po´! Como´e repente me lo veo en la cas´el Senador…se me figuró que…”
---“ ¡No,no,no! Arriagada no llegaría jamás a eso, pero creo que su chofer…SI…Digo…¡Podría!
---“ ¡No, Jefe! Ahora sí que usté´el equivoca´o. Lizana es muy requete güeno con to´os. ¡Orvídese, mi Comisario!.”
---“ Bueno, Sargento, sin ir mas lejos, tengo testigos que lo ubican manejando la limousina privada del Senador Arriagada y esperando a los asesinos en la esquina de la casa, en Hernándo de Aguirre.”
---“ ¡Como vá´ser…!No me´iga, Jefe. Yo nunca sospeché de´ste gallo. Ni me pregunte por qué. No tiene la pint´e ratero, fíjese!”
---“ En el asesinato tuvo aparente complicidad con un carterero criollo de poca importancia pero…¡Asesino al final! Lo importante es que también participó un delincuente internacional de apellido Gonzálvez…es brasilero.”
---“ ¡Si, si, si! Hei´óido hablar de ese gallo, ¿Sabe?! Lizana le´ijo a uno ´e mis guardias qu´iba a salire con un brasilero y que s´iba a darse la gran vi´a bailando samba y demás. ¡Anda con el jetón éste!…¡Chita´la payasá, Jefe! ¡Aaaaaaah!”
---“ ¡Me parece fantástico! Sargento, le debo un chuico de tinto. Que Dios me lo bendiga. Lo último que quedaría…sería que usted me diera la dirección de donde está Gonzálves.”
---“ ¡Claro, Jefe! ¿Y pa’que estamos los pacos, tónces? Carabinero García, véngase pa´cá…un momentito!” dijo a tiempo que se asomaba a la puerta de la caseta de guardia.
---“ Al tirante, mi Sargento. A l´órden, Jefe!”
---“ D´ígale a mi Comisario Amunategui,aquí, Carai´nero, ´onde está parando ese Gonzálcves….uste´saé…¡El brasilero ése!”
---“ ¡Como no….mi Sargento! El Lizana ‘ice que para po´el Cerro Blanco. ¡Allá por la Recoleta, Jefe! Tiene que i’se por el cal´icanto, si quiere, pó´! La custión es que llegue a la Recoleta…cómo sea su cariño no´ma´. Y cuando esté a la’rtur ’e la calle San Cristó´al, tírese pa’entro y búsquese la chosa 24, ma’o menos. Ahí vive el brasilero ese…en la cas´eun gallo re´te raro y feo. Como que´s corcováo el amigo. Pero váigase con cuidado porque anda re’mal acompaña´ó…¿Sabe? ‘lotro día me ‘ijo Lizana que´l chueco andá´a con ese brasilero…y parece que la cosa anda ma’o meno’ peliagú´a. Creo que’l Lizana anda por re mal camino co´esa gallá…Güeno, pero mientras no haga na’, po´ mi Sargento dice que no p’imos empuja’lo porque se nos pué’e enojase´el siñor Arriaga’a. Güeno, yo no sé, po´. Argo ma’… mi Sargento?”
---“ ¡No, ná´má,Cara´inero! Eso como que sería tó’o. Váigase no m’a a su puesto!”
---“ Sargento, no tengo como agradecerle este dato. Creo que ahora voy a conversar unos segundos con el Senador Arriagada y, a contar de este momento, parece que el caso está a punto de cocinarse.”
---“ ¡Fijese no má, mi Comisario! ¡Lo que son la´cosa´! Junta´nos otra vé´ por estos lares…pa’ seguir trabajando junto’. Güéndar con la suerte’Condorito…iría yo!”
---“ Sargento Espinoza, si algo positivo resulta de su información, créame que el Director de Carabineros lo sabrá y, le aseguro una promoción a Sargento Mayor!”
---“ ¡Aaaaah, mi Comisario! Gúen dar con uste´es los tiras, mi Comisario. ¡Siempre soñando! ¡jí,jí,jí!”
JC Amunátegui le agradeció nuevamente la información y, minutos más tarde, estaba frente al senador Arriagada quién, de paso, se llevó la sorpresa de su vida con el anuncio y la investigación del homicidio. Especialmente, aquello de que su chofer privado podría estar implicado en el asesinato.
---“ Es que no lo puedo creer…si no fuera porque me lo está diciendo usted. Nunca se me habría pasado por la mente que Esteban pudiera ser de esta calaña de gente. Reconozco que no es un adonis, ni cosa que se le parezca pero…..¡¿Asesino?!….o, siquiera, cómplice? ¡Imposible!…en mi cabeza, por lo menos!”
---“ Senador, debo decirle realmente que, en un principio, por mi mente paso una especie de venganza fatal, de venganza política o algo por el estilo. Pero, realmente, con los años que nos conocemos, con la responsabilidad de su cargo, con su inmensa historia social…se me hizo muy difícil mantener mi teoría. Le pido mil disculpas por el sólo hecho de haberlo pensado.”
Arriagada parecía consternado. Movía positivamente la cabeza a todas las declaraciones del policia. Como despertando de una pesadilla, le respondió al Comisario:
---“ ¡No,no,no! No se preocupe Comisario. Usted está cumpliendo con su trabajo y su deber era sospechar de mí, por supuesto. Figúrese usted. Pareciera increíble que siendo el patrón de Lizana, viéndolo todos los días en mi casa, llevando a mi mujer y a mis chiquillos a todas partes…¡YO!…Yo no tenía idea de esto!”
---“ ¡Mi mujer no me lo va a creer!”
---“ ¡Por supuesto que sí!”
---“ ¡Por las re flauta! ¡Esta sí que es grande! El escándalo que se me viene encima es de proporciones mayúsculas! No tengo idea que es lo que vá a pasar, Comisario, pero váya imaginándose los titulares por los próximos años."
---“ Es de esperar que esta situación no repercuta en su carrera presidencial….Senador!”
---“ ¡Ah!….Mi carrera presidencial!…¡Claro que va a repercutir…y más que un poco. Pero…¡Qué diablos! ¡Ya me las voy a arreglar! Nunca se me olvidará que uno de mis empleados participó en un crimen. Recabarren era mi amigo personal. Gracias por la visita, Comisario. Espero que todo se aclare para el bien de todos. El asesinato de Recabarren fue la estupidéz más grande que puede haber cometido un chileno!
---“ Yo, también lo creo así, Senador. Es decir, Chile entero lo cree así. Gracias por sus declaraciones. Buenos días.”
…y JC. Amunátegui se encaminó hacia la puerta de calle, presenciando la recta final del homicidio del Senador Recabarren.
Una vez en su vagoneta, llamó por radio a su Primera Comisaría de Santiago, habló con Valderrama, Bustos y Valdés para una reunión en la que se tomarían las medidas a fin de terminar, de una vez y por todas, con los autores del crímen.
CAPITULO 15
Esa madrugada.
03:14 horas..
Ocho detectives de la Brigada de Homicidios, en dos camionetas del servicio, se unieron a otras dos vagonetas de Carabineros y ambas se encanminaron hacia el conocido Cerro Blanco, una de las poblaciones más peligrosas de la capital chilena, en el barrio Recoleta, rodeado por las calles Monserrat, La Unión, las Avenidas Recoleta y Santos Dumont, con la espalda tocando al Cementerio General y al Hospital publico J.J. Aguirre, por el costado.
Partieron desde callejón de “Los Suspiros”, en la parte trasera del edificio que la Dirección General de Investigaciones tiene en General Mackenna, doblaron a la izquierda en la calle Bandera y, poco después de pasar el puente de Cal y Canto, se les unieron otras dos vagonetas de Carabineros.
Entrando a la Avenida Independencia, antes de la calle Lastra, se les unieron dos camiones verdes de la policía uniformada. En el costado de uno de ellos se leía claramente “Unidad de Comando” mientras que en la otra, “Centro de Comunicaciones”.
Pasaron por la calle Echeverría y al salir de Rivera, el número de vehículos aumentó con la “Unidad de Asalto”, de los Carabineros. Todos viajaban en convoy, en silencio, a una velocidad moderada como para no llamar la atención de los pocos transeúntes habidos a esa hora de la madrugada.
Al costado del inmenso Hospital Aguirre, doblaron a la derecha en la esquina con Doctor Charlín. En ése momento apareció una docena de radiopatrullas que, automáticamente y en total silencio, ocuparon las esquinas de Santos Dumont con Monserrat, la punta de diamante integrada por Monserrat, Profesor Zañartu y La Unión, Recoleta y La Unión, Recoleta y la continuación de Valdivieso y, finalmente, Recoleta con Vera, Urrutia y San Cristóbal.
Con ello, toda la periféria del Cerro Blanco estaba absolutamente controlada, cerrada a toda la población, incomunicada del resto de la capital chilena.
En ese mismo instante, desde el camión de “Comunicaciones”, tres detectives de la Brigada Móvil recorrieron Santos Dumont y, casi llegando a Recoleta, abrieron la central telefónica del sector para desconectar todos los servicios disponibles en la zona. Mientras tanto, otros de sus compañeros se comunicaban directamente, desde el vehículo, con la Unidad Policial de la Compañía de Teléfonos de Chile en conección directa con la Dirección General de Carabineros y de Investigaciones.
Simultáneamente con este movimiento cerca de treinta Carabineros Gatica vistiendo un mameluco azul, salieron en fila india y a trote corto, portando metralladoras y otras armas de asalto, en dirección al segmento medio de la cumbre del cerro, por Recoleta. Miéntras tanto, otros uniformados y todos los detectives de civil, vistiendo una chaqueta hasta la cintura, en cuya espalda se leÍa “Homicidios”, y la que les cubrÍa su chaleco contra balas, trotaban por la base y se ubicaban casi al iniciarse San Cristóbal. Allí, en su ladera, se veían casuchas blancas de increíble pobreza exterior.
El Inspector Domingo Villaroel Santana, de Homicidio, dirigía la operación. Ahora, todos los ojos del grupo de arresto estaban fijados en él.
En un determinado momento, se concentraron frente a una de estas chosas y se colocaron estratégicamente en sus costados, apuntando las armas hacia la puerta de entrada.
De pronto, se encendieron poténtes focos desde el techo del camión de la Unidad de Asalto, los que iluminaron casi enceguecidamente el sitio por completo. Villaroel, entónces, sacó el megáfono que portaba colgando a su espalda y lanzó el grito de acción.
---“ ¡Lizana…ésta es la Brigada de Homicidios! Tenemos totalmente rodeada su casa, las esquinas conlindantes y el barrio entero. Queda arrestado por el asesinato del Senador Javier Andrés Recabarren. Salga de su casa con las manos en alto y camine lentamente hacia el medio del callejón. ¡Hágalo altiro! Si tiene armas, abra unos centímetros la puerta de entrada y tirelas al centro de la calle. Después, abra de nuevo y salga con las manos en alto, donde yo pueda verlas claramente, camine despacio y entréguese a uno de los Oficiales que lo estarán esperando….”
Hubo un silencio general.
---“ ¡Altiro……señor Lizana!”
Nadie respondió.
---“ Tiene cinco segundos para salir, antes de que iniciemos fuego en nuestro asalto de su casa!”
¡Más silencio!
---“ ¡Inicio el recuento, Lizana!”
“Cinco…cuatro…tres…dos…uno…”
En ese mismo instante, se abrió la puerta mencionada por el Inspector y, en lugar de ver a Lizana tirando su arma al centro de la sucia y polvorienta callejuela, los policías recibieron una andanada de balas que salían desde una ametralladora apuntando hacia cualquier sitio.
¡Rratatatatata….rrrraatatatatata!
Hubo un gran movimiento de policías, uniformados tirándose de boca al suelo, sirenas, corre-corre de uniformados en sus mamelucos azules, gritos por todas partes.
---“ ¡AGACHARSE……QUE TIENEN AMETRALLADORAS!
En ese maremagnum de ir y venir, hombres escondiéndose trás los vehículos de servicio, gritos venidos desde el interior de algunas casuchas, chiquillos llorando, el Inspector Villaroel se ubicó rápidamente detrás de su vagoneta.
Los otros hicieron lo mismo.
Desde lo que podría considerarse una esquina de aquella población callampa, la Unidad de Asalto se congregó por fracciones de segundos para, intespectivamente, regresar el fuego con una muralla de balas que traspasaban fácilmente las endebles láminas de lata que constituían las murallas de la casa con el número 24.
¡Rrratatatatá!….Rrratatatatá…! fiiúúú!….¡Boom!…¡Rrratatatatá!
---“ ¡Césen el fuego!” se escuchó en la boca del Inspector de Investigaciones.
El balaceo se detuvo.
---“ ¡Sub Inspector Sotomayor….reunión de inmediato!, dijo Villaroel a lo que, inmediatamente, acudió el oficial nombrado.
---“ Hay que sacarlo de la casucha cueste lo que cueste, Sub Inspector. Que uno de sus hombres les tire un par de bombas lagrimógenas, a ver si se lanzan a la calle. Altiro, Sotomayor! No tenemos mucho tiempo. Nosotros le respaldamos!”
Una nueva andanada de balazos comenzo a salir, ésta vez, desde detrás de las vagonetas de Investigaciones.
¡Rrrrratatatatá!…Rrrratatatatá!
Uno de los uniformados en mameluco azul salió repentinamente desde el grupo de uniformados y corriendo, se ubicó en uno de los costados de la casucha. Segundos más tarde disparó su escopeta conteniendo la bomba lagrimógena.
¡Fffffffffiúboooom!
La balacera se detuvo.
Hubo una pausa.
De pronto, inesperadamente para todos, la puerta se abrió de par en par y dos hombres salieron casi de un salto, disparando locamente sus ametralladoras para cualquier sector de la calle.
!Rrrrratatatatá!…..Rrratatatatá!
---“ ¡Lizana!” dijo Villaroel.
---“ ¡…Con Gonzálvez!” agregó el Sub Inspector que recibió la órden de ataque.
---“ ¡A todo dar, muchachos! ¡Agárrenme vivo al Lizana, ese!”, gritó Villaroel.
Hubo una serie de disparon contra los dos hombres.
¡Tá…tá!
El más delgado cayó repentinamente al suelo, cubriéndose el estómago con ambas manos. Pese a que iba deslisándose dificultosamente y en forma lenta al suelo, con un gran dolor aparente, el hombre continuó disparando su ametralladora que, en una de sus bandadas, hirió a más de uno de los policías respondiéndole a su ataque. Después, el hombre quedó de espaldas en la calle, mirando al cielo obscuro, acribillado por los proyectíles policiales.
Era, obviamente, Gonzálvez. Delgado, bien vestido aún, el cadáver saltaba con cada bala que le entraba produciéndole una desbastadora herida que sangraba profusamente. Había sangre por todo su alrededor. Gonzálvez, con sus ojos abiertos y sus manos aún prendidas al arma, yacía tétricamente acribillado por las balas policiales.
Cuando se produjo un silencio sepulcral, Lizana tiró su arma al suelo, levantó los brazos y se hincó en la tierra para, luego, doblarse hacia adelante mientras colocaba su transpirada frente contra el polvo del callejón.
---“ ¡Me rindo, Jefecito!….¡No me mate, pol fa´olcito, Jefecito!….¡Ay!….¡AY Diosito Santo!….¡Peldón, Jefe!
---“ Sub Inspector Sotomayor, arreste al ciudadano Esteban Lizana Ibañez por complicidad en la planificación para asesinar al Senador Javier Andrés Recabarren, complicidad en la ejecución del crímen, obstrucción a la policía durante una investigación de homicidio, etc., etc., etc.” le gritó Villaroel.
---“ ¡Detective Estay, llámese al Cuartél General y dígale al Comisario Amunátegui que cumplimos con la misión, que Lizana está bajo arresto, que Gonzálvez murió durante el asalto al tratar de matar a varios detectives que resultaron con heridas graves!”
---“ ¡Dígale que las unidades se regresan a sus cuarteles y que yo le dejaré mi informe escrito en su escritorio…mañana por la tarde…antes de la lista de seis!